Los cachetes se le hichaban, una curva debajo de su nariz los inflaban. Corrompía a la plaza entera, tan gris, tan cemento. Las palabras con edulcorante viajaban por el teléfono. Ella se enroscaba el pelo en el dedo, se escapaba del mundo. Se había convertido en una voz que flotaba. Como me gustaría ser el que está del otro lado pensé.
El viento la despeinó.
-Te amo gordo- le dijo al aparatito que sostenía en la mano.
-Yo también- le murmuré al micrófono de mi celular.
Los textos se fugan de los renglones, de los márgenes, de la tapa de atrás de los cuadernos. Se escapan y vienen a parar aquí...
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martes, 13 de mayo de 2014
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