Hay muchos ojos. Verdes, rojos, amarillos, marrones, negros. Cada par se mueve porque hay una brújula que les dice a donde apuntar.
A un costado de esa caja de botones que pestañean, hay dos pares que se sostienen pero con hilos diferentes. Están cosidos, pero cada uno con su hilo.
En un banquito de plaza, hombro con hombro y cabeza con cabeza construyen una mirada del mundo.
Construyen una lágrima que refleja al lago que tienen en frente, que refleja la luna, que refleja al sol, que nace la lágrima.
Quietos. Quietos. Muy quietos. Como el satélite que da vueltas al mundo y los miras desde arriba. Entonces, ojos verdes, rojos, amarillos, marrones, negros y de satélite los miran.
Un par de ojos cansados los ve y siente frio. Unos ojos que están solos, los ve como una patria. Unos ojos negros los ve y mueve la cola. Unos ojos que no paran, ven a dos que hacen uno. Cada mirada les da una vida.
Ellos solo se sostienen para no romperse más de lo que ya están rotos. Hombro con hombro y mano con mano construyen otra cosa además de un silencio que dura.
Los textos se fugan de los renglones, de los márgenes, de la tapa de atrás de los cuadernos. Se escapan y vienen a parar aquí...
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viernes, 16 de septiembre de 2016
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