Lola es una compañera nueva. Juli y Victoria no. Ya no son las más lindas, Lola les gano. Creo que ellas no saben y creo que tampoco les importa, creo que nunca les importó.
O tal vez si. O más seguro no.
La palabra nunca, duele.
Lola es nueva en el grado y yo me di cuenta, a veces no me entero que hace frío y no pongo campera. Pero Lola es diferente, me di cuenta que era nueva. Como que si en un kiosco hay chupetines azules, nuevos, y el señor que atiende me dice -Hay chupetines azules nuevos- y yo le respondo -Ya me había dado cuenta, deme dos-.
Lola es como un chupetin azul. Se
nota.
Ayer quise sentarme al lado de Lola pero no pude porque si me sentaba al lado iba a tener que hablarle y a la quinta vez que le pidiera el sacapunta, aunque ya use lapicera, ella iba a sospechar que yo estaba sentado al lado de ella porque es bonita y yo me iba a poner colorado y mudo como cuando me cantan el cumpleaños. Nunca supe de alguien que sepa cantarse el cumpleaños para sí mismo.
Llevé lápices para pedir el sacapuntas con razón, y le pregunté a Lola si me podía sentar al lado de ella pero me dijo que no. Que no. Y sentí esa tristeza que queda al final de los cumpleaños. Yo con el gorrito, las migas por todo el suelo y la alfombra de repulgue de
empanadas. La gaseosa desparramada que pegotea todo. La música bajita. Yo juntando los platos con torta mordida. Solo. Como cuando se terminan los cumpleaños.
Hablarle a Lola fue lo mismo.